
Empecé muy pequeña a estudiar música y pronto me di cuenta de que me dedicaría a ella. Me encantaba tocar el piano y crear historias con la música para distraerme y mantener la calma antes de los conciertos.
Tras terminar mis estudios, me fui al extranjero para seguir aprendiendo. Poco después comencé a trabajar como profesora, pero sentía que me faltaba algo más: que había venido a la vida a hacer algo más que enseñar.
Buscando, llegué a conocer y estudiar musicoterapia. Pasé dos años formándome, y si la música me había apasionado, la musicoterapia me dejó sin palabras. Allí comprendí el poder inmenso de la música.
Era un mundo fascinante: veía los progresos de diferentes poblaciones, todos absolutamente increíbles. Trabajé con personas con Alzheimer, en educación especial y también con mis alumnos de conservatorio, incorporando conceptos de gestión de emociones y regulación del estrés.


El día que cambió mi vida por completo fue cuando realicé el máster en Soporte en Oncología y Cuidados Paliativos, la única vía que me permitía entrar como musicoterapeuta en hospitales. Durante meses de prácticas, estuve en salas de oncología, en habitaciones de pacientes ingresados y en una planta dedicada exclusivamente a cuidados paliativos.
"Allí presencié conexiones profundas, reencuentros familiares y despedidas llenas de música. Sentí un amor indescriptible."
Lo que más me impactó fue ver que muchos pacientes, en sus últimos días, disfrutaban haciendo música sin conocimientos previos. Mientras a mí me habían costado cientos de horas aprender, ellos simplemente experimentaban felicidad máxima: tocaban xilófonos, cantaban, improvisaban en Djembes y bluses…
Las enfermeras incluso bromeaban diciéndome que me llevase los instrumentos. La música creaba un espacio mágico para liberar emociones y conectar con uno mismo y con los demás.
La música es un canal de conexión
Desde entonces, entiendo y creo firmemente que la música es un canal de conexión: primero con uno mismo y luego con quienes nos rodean.